Para los amantes de la comida, les advierto, esto no es una receta de cocina, pero sí una receta para dejarse llevar por las sorpresas de la vida… O al menos una recomendación.
Debo comenzar diciendo que me acepto como una persona cerrada que difícilmente deja que alguien entre a su vida, mucho menos si se trata de alguien extraño.
Pero, ¿por qué no dejar de serlo por un momento? No es fácil, las personas que son como yo deben de saberlo, pero ahí vamos.
Era una mañana de domingo en la estación del tren de Madrid, mi destino era Salamanca, lugar que me había prometido ir desde hace dos años para visitar a mis amigos David y Jacobo.

Aún estaba desvelada y muy cansada por el jetlag, tenía pocas horas que había aterrizado en el «viejo continente» y me moría de sueño.
Jacobo y David me habían comprado el billete para Salamanca y me explicaron por whatsapp paso a paso qué debía hacer y cómo tomar el tren, pero me perdí un poco.
Al bajar a la estación, no entendí bien la dirección del tren y llamé por teléfono, eran las 8:15 am.
Mientras preguntaba cómo llegar un chico sentado en el andén me hacía señas de que tomara el próximo tren. Apenas colgué, se me acercó y me preguntó que para dónde iba, le contesté «Salamanca pero tengo que tomar Chamartín».
Él respondió que me subiera en el próximo tren al tiempo que éste llegaba. Le agradecí y me dispuse a abordarlo, él fue detrás de mi y me dijo, «yo también tomaré este».
Ni modo, con mi mal genio y mis pocas ganas de socializar me tuve que sentar a su lado y platicar con él. Hablamos poco, me preguntó que de dónde venía, qué hacia y a qué me dedicaba.
«Soy mexicana, vengo de Miami, voy a Salamca y soy periodista», así respondí en resumidas cuentas.
Se interesó mucho en mi profesión, me dijo que él era locutor en su país».
Ahí el interés cambió y le pregunté de dónde era, yo juraba que era Francés porque tenia una pronunciación rara, pero fallé, el chico venia de Palestina y me advirtió que no me asustara porque estaba consciente de la situación de su país.
Tras dos estaciones y una breve platica intercambiamos nombres y números. Mi parada llegó y bajé corriendo despidiéndose de él con un sólo gracias y una sonrisa.
De inmediato me mandó un mensaje, no soy de responder a extraños, pero lo hice. Seguimos platicando por whats y me preguntó que cuándo volvería, le dije que el lunes.
Me pidió vernos, yo estaba indecisa porque era un extraño pero «qué carajo», accedí a vernos por la tarde-noche en La Puerta del Sol con la condición de que seria breve pues tenia un vuelo a las 7 am el siguiente día.
A las 8:30 en punto él estaba ya esperando, yo indecisa de aparecer, pero al final lo hice.
Nos saludamos y me dijo que a dónde quería ir, que iríamos a donde yo quisiera.
Fuimos al Palacio Real y a mitad de camino me dijo que para ramos en una tienda para comprar agua.
Compró una botella grande de 2€ sacó unos vasos y yo iba a abrir la botella pero me dijo «te la abro yo»… Un poco extraño me dijo como bromeando «te gusta hacer las cosas sola y por tu cuenta, ¿no?».
Yo reí y le dije: «bueno, vivo sola». Pero me quedé pensando, tal vez soy yo la que no permite que alguien entre a ayudarme…
Llegamos caminando al palacio, encontramos una banca en un parque y nos sentamos ahí. El sacó una botella de vino tinto, mi favorito, y sirvió dos vasos.

El paisaje era hermoso, estaba a punto de anochecer y el sol pegaba en el horizonte. Yo no bebí de primer momento, esperé a que el lo hiciera.

Después de dos tragos me relaje y di un sorbo, estaba rico el vino.
Su plática me atrapó pero también me dio miedo, a pesar de sus 33 años parecía un alma vieja, con muchas cosas internas.
Me preguntó, «¿a qué le tienes miedo?» y casi al tiempo me dijo: «no te preocupes, ll que quieres lo tendrás, solo tienes que dejar que pase el tiempo».
Una astróloga y una tarotista ya me habían dicho eso, pero las palabras de un joven extraño, extranjero y con una cultura diferente a la mía me impactaron aun más.
Rápidamente le pregunte «¿tienes algún tipo de poder?», el se rió y me dijo, «he leído mucho….Y me he interesado por la ciencia de la vida, por lo que pasa después de la vida».
Me preguntó que si yo creía en eso, que si me había pasado. Le contesté que si, y que no era que viera cosas, como el, pero las soñaba y no sabía cómo interpretarlas.
Él me contó cómo había presentido la muerte de su abuela, y cómo había prevenido a su madre…. Nada nuevo para mí, también me ha pasado.
Ahí fue que sentí miedo, ¿quien era este chico?, ¿que conocimiento tenía?
En medio de la plática pedí más agua, pero esta vez la tomé directo de la botella, entonces él respondió en tono romántico y acento raro.
«El agua ya es dulce, porque la han tocado tus labios»….
Me sentí como en alguno de esos parajes viejos, como en esas películas que simulan parajes bíblicos donde la gente habla de esa forma y da significados a las cosas.
Después de dos copas de vino, me dio hambre, para ese momento ya había anochecido, caminamos un poco hasta que paramos en una pizzería.
Durante la comida él se quejaba del poco tiempo que tenía para conocerme, yo sólo decía «ni modo», pero le mencione que quería volver el próximo año.
«Oh, un año es mucho tiempo, tengo que esperar un año para volver a verte», contestó.
Ya sumida por el cansancio y las copas de vino le dije que me tenía que ir, me acompañó hasta mi hotel y platicamos un poco más en el parque de frente.
Yo no sabía si quedarme o irme, su plática me había asombrado pero también atemorizado.
Así que magistralmente, como siempre lo hago, me fui, pero conocer a esta alma vieja me dejó pensando muchas cosas de mi vida. ¿Será que sólo el tiempo es el que sabe acomodar las cosas y uno sólo tiene que esperar?…