El aeropuerto, el cómplice de mil y un aventuras…

Y aquí voy de nuevo. No sé qué tienen los aeropuertos que insisto, me encantan, me inspiran y me motivan a escribir.

En una tarde tranquila del 1 de marzo, un día antes de mi cumpleaños, decido emprender el vuelo hacia ‘la tierrita’ (México), hacia mi nido que me da paz, tranquilidad y fuerza para volver a coger impulso en esta agitada vida llena de aventuras y retos.

Empiezo a escribir estas líneas y pienso: «este (texto) va a ser cortito». Pero la verdad, no lo sé. Y es que simplemente no puedo parar una vez que comienzo a plasmar mis ideas en este papel digital.

Por primera vez la «niña» decidió romper la rutina y sentarse a tomar una buena cerveza en el barecito del aeropuerto de la terminal F de Miami. Yo no soy de tomar cervezas y menos sola, pero esta vez se me antojó, así como de regalo de precumpleaños.

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Cada que cumplo años me pongo «grinch», hago un repaso de lo que viví, de lo que sueño por vivir y de lo que de verdad estoy viviendo. Es como una autoauditoría de mi vida que me hago año con año, y aunque unas veces me gusta, otras me amarga.

Los últimos seis meses no han sido nada fáciles, tomé muchas decisiones personales y profesionales que ‘agitaron las aguas’, que de cierta manera me sacaron de balance y de mi ‘zona de confort’ en la que solía vivir.

Sin embargo, estoy segura de que las deciones que tomé tendrán sus buenos resultados en un futuro, quizá no muy cercano, pero sí en los próximos meses, lo único que toca es esperar.

Y mientras la incertidumbre y la ansiedad me invaden, prefiero tomar el rumbo hacia mi casa, con la familia y hacer un espacio en este cúmulo de cambios que yo misma he propiciado.

Uno de esos cambios fue decidir hacer lo que quiero, lo que de verdad me hace feliz. Y parte de ello, es esto, escribir, de lo que me gusta, de lo que siento, de lo que me pasa por la cabeza o de lo que veo.

Mientras escribo esto y tomo un sorbo a mi cerveza Samuel Adam’s, la única que me gusta, escucho la plática de dos hombres que se encuentran sentados en la barra tomando un poco de vino.

Uno de ellos, de edad quizá más o menos de la mía, tiene acento español. Por lo que pude escuchar, es escritor, y poco a poco lo escucho desahogarse de las frustraciones y sueños que tiene para desarrollar su carrera.

El otro, un hombre de edad mayor, cabello blanco y seguramente lleno de experiencia, es su interlocutor, que lo escucha con mucha paciencia, que lo aconseja con mucha tranquilidad.

Ver la plática de estos dos hombres me hace pensar en cómo la vida te va dando la sabiduría para poder enfrentar las cosas. Quizá yo me identifico más con la desesperación del hombre joven, se nota que se quiere comer al mundo, que tiene muchos sueños por delante y quiere lograr muchas cosas, pero también se escucha desesperado por no poderlos conseguir.

Quizá el otro caballero entiende la desesperación del muchacho, pero sus años de experiencia lo hacen ser más paciente, más calmado incluso a la hora de hablar. Ahora han pagado la cuenta y están a punto de irse a esperar la salida de su vuelo.

Mientras tanto, yo me quedo aquí, pensando en lo mucho que me gusta sentarme a observar a las personas que están en un aeropuerto, imaginar sus historias de vida, las razones por las que se encuentran aquí así como yo.

Y es que así es el aeropuerto, es el testigo mudo de mil y un aventuras que día a día se viven en cada despegar de un vuelo.

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Yo por lo pronto, estoy a punto de escribir 365 aventuras nuevas en el libro de mi vida. Y es por eso que me encuentro esperando un vuelo, porque voy a la casita a tomar impulso para poder enfrentar los mil y un colores que esta vida te da en cada despertar.

 

 

 

 

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