Es julio, ha pasado ya un poco más de la mitad del año (2017) y el camino no ha sido fácil. Sentada en el aeropuerto, de pronto encontré mi lista de los deseos para este año. Sí, aquella que todos hacemos cada 31 de diciembre y que le prestamos atención sólo unos días del mes de enero.
La verdad no me acordaba de lo que había escrito. La había guardado, por no decir enterrado, en la cartera donde guardo mi pasaporte.

De inmediato me puse a leerla. Este año ha sido especial para mí, lleno de muchos retos, muchos cambios, muchas decisiones que a veces ni mi familia, ni mis amigos y ni yo misma me entiendo, pero que en el fondo sé que son una buena decisión.
Me puse a leerla, me sorprendió ver que de las 13 cosas que puse en esa lista 3 ya las llevé a cabo, cuatro están en proceso y el resto les tengo que prestar más atención.
Creo que no voy mal, ¿cierto?
¿Cuántas veces nos hemos propuesto, prometido, escrito y declarado al universo lo que queremos pero al final no hacemos nada por conseguirlo?
Creo que la mayoría lo hemos hecho y sólo muy pocas personas se atreven a tomar riesgos e ir en busca de lo que sueñan.
Hasta el año pasado yo era de esas personas que soñaban con muchas cosas, pero que vivían frustradas, aburridas y llenas de miedo en tomar las decisiones para perseguir esos sueños y prefería estar en mi zona de comfort.

Pero ‘no sé qué mosca me picó’ este 2017 y decidí arriesgarlo todo cuanto tenía.
De las tres cosas que tengo tachadas en mi lista están: Renunciar a mi trabajo, buscar uno nuevo donde me sienta feliz y realizada y ser feliz en el lugar donde vivo.
Pues bien, en enero decidí, con mucho dolor y miedo, dejar mi trabajo en la mejor etapa profesional que tenía: contaba con experiencia, madurez y garra. Mi último día fue el 31 de enero y me aventuré por ir a perseguir mi proyecto de vida, ese que un mes antes había escrito en esa lista.

Al principio me dio pavor, pero muy en el fondo sabía que había tomado una buena decisión, radical, pero buena. Y así me fui en busca de mi felicidad laboral.
Me tardé tres meses en encontrarla, pero ahora puedo decir que me siento plena en ese sentido, que arriesgué todo para ganar más.
Con respecto a mi hogar, la cosa fue más difícil. Tenía estabilidad viviendo sola en un apartamento de una recámara que compartía con mi perrito Tom.
Pero un buen día de agosto cambié de idea y decidí, en diciembre, meter todas mis cosas en un storage, empacar maletas e irme de roommate (mi mamá puso el grito en el cielo).

El camino no ha sido fácil, pero ha sido el principio de grandes cambios. Atreverme a dejar ir mis cosas y a compartir ha significado mucho.
Aprender de nuevo a convivir con alguien ha sido duro, pero gratificante y para ser honesta, no hay nada mejor que escuchar ese ‘buenos días’ o ese ‘hola’ por la noche de alguien más que sabes que está ahí, aunque a veces no nos veamos las caras.
Una cosa llevó a la otra, apliqué grandes cambios en mi vida personal y profesional y hoy en el mes de julio, puedo sentirme plena y feliz de saber que he cumplido con parte de mi lista de deseos, y que estoy en proceso de cumplir más cosas de esa lista.
Así que lo único que podría decir es que hay que arriesgarse, que grandes cambios implican decisiones radicales, y viceversa.

Mi lista concluye con estas letras en grande: “SER FELIZ Y ESTAR BIEN CONMIGO MISMA TODO EL AÑO!! BIENVENIDO 2017”.
Y, ¿sabes qué? Voy bien en el proceso… ¿Y tú, qué esperas para cambiar tu destino?
